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Una columna de mierda de Pérez-Reverte comentada por una feminazi

5 Nov

El machirulo namber güan de la peñita progre, intelestuá, y medio seriota, ya era machirulo hasta en el 2007. Hace un par de días leía esta columna apologética de las más diversas violencias basadas en el género, y me enfadaba, me enfadaba mucho. Y es que a mi me afecta a veces la fugacidad de internet. Así que he decidido rescatar este magnífico documento, criticarlo, analizarlo, comentarlo, rebatirlo, cagarme en él, como ya hizo esta bloguera en su momento en una carta al director que El País no publicó, porque se enfadaba y criticaba a estos dos petardos, poniéndoles las cosas claras a él y a su compinche.

"Hombres como los de antes". Ahí están los tíos, como dos viejales machorros, sentados en su banquito, viéndolas pasar para soltar un ladrido o un ronquido a alguna maroma, si total, nuestros cuerpos les pertenecen, aunque sea para observarlos y juzgarlos, si lo dice el patriarcado.

“Hombres como los de antes”. Ahí están los tíos, como dos viejales machorros, sentados en su banquito, viéndolas pasar para soltar un ladrido o un ronquido a alguna maroma, si total, nuestros cuerpos les pertenecen, aunque sea para observarlos y juzgarlos, si lo dice el patriarcado.

La verdad, me fascina la capacidad que puede tener este señor para hablar y no decir nada, si acaso, gilipolleces y que aún así se le oiga y se le lea, confiriéndole un extraño halo de autoridad aunque carezca de sentido lo que dice. También me apasiona el hecho de que un tío que va de “racional”, de “yo no soy machista”, de abanderado del “sentido común”, la elegancia, la educación pero que carga contra las feministas llamándolas radicales y talibanas -si llama así a las institucionales, cuando buscan lenguaje inclusivo o abren centros de la mujer con subvenciones públicas, quillas, no sé qué nos llamará a nosotras, supongo que abortos de satanás o esposas de Lucifer- escriba patochadas sexistas como la que sigue. Me voy a meté contigo un rato. Porque me da la gana, porque te lo mereces. Que me tienes mu’ harta, Pérez-Reverte.

Bien, lo que sigue es, como siempre, puro desahogo. Lo escrito en morado feminazi y en cursiva, son mis comentarios, y en negro, el artículo original. Me voy a poné púa, porque estoy que trino. Una, que nunca ha sido de El Semanal, porque ese no llega a Kamchatka, y que no estaba tan conectada a las redes allá por los dosmilsietes, y va a aprovechar la coyuntura para hacer ciberfeminismo a costa del machistorro este. Porque me apetece, coño, no tengo que legitimarme, que él tampoco lo hace, y que si me lo trago, me da sarpullido.

Ahí va:

“Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. ¿Que no? Mírate el test de Bechdel. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Esas a ti te dan miedo, no disimules. Mujeres de bandera. Estás chocheando. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace –y luego, hablando de justicia social y temas que afectan a la ciudadanía de a pie, pero eso sí, en el Palace, ¡como dos señores!,- donde en el vestíbulo vemos a una torda -muy igualitario eso de comparar a mujeres con yeguas- espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier. –Javier Marías tiene tropecientos años, cualquier cosa que se salga de “La Dama del armiño” o caras de antigua le va a parecer burdo– «Creo que no lo sabe», apunto yo. Seguimos conversando carrera de San Jerónimo arriba, en dirección a la puerta del Sol. Es una noche madrileña animada, cálida y agradable, que nos suministra abundante material -otra vez, muy afortunado objetizar a las mujeres que ocupan la vía pública y arrebatarles cualquier atisbo de humanidad, considerándolas “cosas”– para observación y glosa -se nota que es literato el muchacho. Menudo eufemismo para referirse a ocupar el espacio público como si les perteneciera e ir juzgando y valorando gratuita y machirulamente el físico de las mujeres que comparten con ellos lugares comunes-. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de Ava Gardner y Debra Paget a Kim Novak, pasando por la Silvana Mangano de Arroz amargo -Cucha, majareta, esas no te tocan a ti ni con un palo-; y Javier añade los nombres de Donna Reed, Rhonda Fleming, Jane Rusell y Angie Dickinson, que apruebo con entusiasmo. -Vaya dos puretones- Coincidimos además en dos señoras de belleza abrumadora, aunque opuesta: Sophia Loren y Grace Kelly. Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo -no de nuestro género, imbéciles- -Habla con propiedad, hijo de mi vida. Igual podrías leer un poquito sobre la construcción cultural de la identidad sexual, que tas’ quedao en los 70, chatín- que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas –¡Genial!: gordafobia, insulto basado en la carencia de un físico normativo. No te confíes, Reverte, la rebelión de las gordas está en marcha, y tú no tendrás michelines, pero tienes tó la cara de los pies de otro. Y Javier Marías es otro feorro, hegemónicamente hablando, claro, de cojones– desechos de tienta -qué taurino eres, qué presioso. En realidad es lo típico de los machirulos insultar a las mujeres que se indignan ante su atrevimiento para despojarlas de autoridad- que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada -o sea, lo normal, la gente tiene barrigas, michelines, tripas y suda cuando hace calor. Tú qué ere, ¿de goma?-; creyendo, las infelices -¿infelices porque son gordas? ¿Pobres? ¿Catetas? elitista de mierda-, que nuestro «por allí resopla» -lo que habría dado por veros haciendo el pelele por las calles de Madrí, lanzando frases de púber que se cree machote, pa’ daros una colleja en toa la nuca- va con ellas. Respecto a Grace Kelly, dicho sea de paso, me anoto un punto con el rey de Redonda -me encanta madrugarle en materia cinéfila, pues no ocurre casi nunca-, porque él no recuerda la secuencia del pasillo del hotel en Atrapa a un ladrón, cuando doña Grace se vuelve y besa a Cary Grant ante la puerta, de un modo que haría a cualquier varón normalmente constituido -¿Me explicas, oh, erudito, oh, gran académico de la RAE, qué es un “varón normalmente constituido”?. Normal, o sea, hegemónico, o sea, que no es la excepción, es decir, que no es anormal, o sea, natural, o sea, heterosexual?. Ahora los maricones no son normales. Pa’ matarte a porrazos con “El género en disputa”- de dar la vida -esta es una milenaria acción macha: “jugarse la vida” o “dar la vida”. Valerie Solanas lo explica muy bien en su “Manifiesto SCUM” cuando habla de la guerra y el culto a la muerte como muestra de virilidad. Y dice: ” (…) como su propia vida carece de valor, el macho prefiere extinguirse en una llamarada de gloria antes que arrastrarse lúgubremente cincuenta años más…”. Igual eso mismo lo podríais probar vosotros y nos dejáis tranquilas a las feminazis, radicalizando, discriminando positivamente y aprovechándonos de las subvenciones en paz-  por ser el señor Grant.

Pero no sólo era el cine, concluimos, sino la vida real. Los dos somos veteranos del año 51 -qué rollito bélico-yankee más chungo tienes, quillo– y tenemos, cine aparte, recuerdos personales que aplicar al asunto: madres -mírate a Freud-, tías, primas mayores, vecinas. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nostálgica -con sonrisa nostálgica y pene morcillón, eso seguro-. Esas siluetas, añado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas -pero sólo si no están gordas, porque de estar gordas serían unas ordinarias infelices con lorzas rodeando el cuerpo-. Etcétera. No era casual, concluimos, que en las fotos familiares nuestras madres parezcan estrellas de cine; o que tal vez fuesen las estrellas de cine las que se parecían muchísimo a ellas. Hasta las niñas, en el recreo, se recogían con una mano la falda del babi -eso es violencia, educación diferencial y socialización de género. Las niñas no sólo aprendían/aprenden a caminar como se espera de ellas, sino que aprenden a comportarse, sentir, pensar y actuar como se espera de ellas. Están aprendiendo a ser sumisas, están asimilando modelos asimétricos de conducta, están siendo enseñadas en la opresión– y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda que obligaba -eso es, muy bien, tú lo has dicho: OBLIGABA- a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se ponía el sol y garbo propio de hembras -qué cavernícola eres de siempre- de gloriosa casta -Es la segunda vez que escribes “gloriosa”, Revertesuperescritorazoacadémicoengreído, busca sinónimos en el Word Reference, manque sea-. En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine -reproducción de estereotipos que le llaman- y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras. -Mu’ bonito el recurso literario, sí, pero me tienes que explicar mejor lo del culto “la señoritud”. ¿Qué diferencia a una señora del resto de mujeres? Supongo que se comportan como el patriarcado espera de ellas, es decir, que son fieles a las normas de sujección del sexo-género que les ha sido asignado. Pero también tienen que responder a los cánones clásicos de feminidad: curvas, delgadez, delicadeza y belleza, a más de “elegantes”, aunque sólo tengan pasta para comprarse ropa en las “Modas Meyni” de su barrio, allá se las compongan si quieren ser señoras y no focas, desechos de tientas, infelices o tordas ordinarias-.

Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa -es que de verdad, eres un pedante, no te soporto- un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ésos, Javier mira al frente con el radar de adquisición de objetivos haciendo bip-bip-bip -Oooootra vé. Metáforas bélicas o cinegéticas. Mujeres como objetivos, como presas, una vez más, arrebatada toda su dignidad como individuas que son sólo entendidas a través de la mirada, o del “radar” del machirulo de turno que las observa y las valora o desprecia- yo sigo la dirección de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tacón, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente ¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo. Aquí me paro y no tengo más remedio que cagarme en toda tu gloriosa casta de padres machirulos y madres de cine. Mira, cretino, la manía de comparar a las mujeres con ganado te la vas mirando pero que ya, no sé qué oscuras historias zoofílicas guardarás de cuando fuiste a la mili. Pero lo de jugar con la idea de sacrificar a una mujer que anda como a ti no te parece elegante, esto ya es lo último. Que se nos pase por la cabeza si quiera sugerir literariamente matar a una mujer porque a dos tíos no les parece o suficientemente elegante o bella, es lo mismo que matarla porque te parece demasiado atractiva. Y te recuerdo que en este país mueren más de 60 mujeres al año a manos de hombres por violencia machista y que cada día se cometen alrededor de 180 feminicidios en el mundo. Así que no me toques el coño, Reverte, que me tienes mu cansá, de verdá te lo digo.  Nos paramos a mirarla mientras se aleja, moviendo desolados la cabeza. Quod erat demostrandum, –soy taaan repipi que digo locuciones latinas hasta cuando cuchicheo con mi camarada varón sobre las churris que pasan por la calle- le digo al de Redonda para probarle que yo también tengo mis clásicos. Mírala, chaval -de chaval, nada, que sois dos carcamales-: belleza, cuerpo perfecto -¿perfecto según qué cánon? manda coone-, pero cuando decide ponerse elegante parece una marmota dominguera. -Quién te ha dicho a ti, so pedaso de soplagaita, que la “señora” ha querido poonerse elegante? ¿Quién?. #ChoniPower.- Y es que han perdido la costumbre, colega -¡Horror! ¡La moda ha cambiado! ¡La sociedad evoluciona! ¡Las mujeres han perdido la costumbre de vestirse como a los hombres les gusta! ¡Ya no están a nuestro servicio! ¡Leen, fuman, beben, montan a caballo a horcajadas, y seguro que se tiran pedos! ¡Que alguien llame al shériff de género!.- Vestirse como una señora, con tacón alto -tú lo que eres es un fetichista, gorrión- y el garbo adecuado, no se improvisa, ni se consigue entrando en una zapatería buena y en una tienda de ropa cara. No se pasa así como así -Tienes que tener el carnet de piti, hay que ir a la escuela de pijos de Carmen Lomana y, por supuesto ser de clase media-alta como mínimo, nada de barrios periféricos ¿”Saes”?- de sentarse despatarrada -aquí los únicos que se sientan despatarrados son los biochorbos, vuelve a tu postura remilgada, ¡subalterna!-, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace -O sea, por favor, o sea, te lo juro, Versace-. Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una señora bellísima y muy bien puesta, sentada en una cafetería. «Es usted -le dice- la mujer más hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero respóndame, por favor. Dígame algo.» Y la otra contesta: «¿Pa qué?… ¿Pa cagarla?». -Po’ nolontiendo. Qué malo tiene escribir en ideolecto, hablar de modo castizo, auténtico, con acento, comiendo, aspirando y silbando las letras que nos de la gana, que pa’ eso las letras son nuestras y lengua está viva. Y lo que entiendo menos, menos aún que el final del chiste en el que la “señora” no le mete al “caballero” un palo por el culo y le hace palanca por invasivo, pesado y machirulo, es la puta gracia que puede tener el chascarrillo, pero mira, no se puede tener todo, será que yo soy del sur, y tan selecta con el humor como lo es Pérez-Reverte con los zapatos femeninos con tacón de lápiz. Finolis, sabio sabelotodo, autoridad moral, supermacho y encima, gracioso. No se puede todo.

Y Te digo otra cosa, Arturo, que hoy estoy generosa: mujeres no  habrá como las de antes. Pero los machirulos sois los mismos de siempre.

Y desde aquí, un saludo muy especial a Javier Marías. Que eres también muy macho, enhorabuena.

El pedazo de caca original, aquí.

El duelo patriarcal

24 Feb

Una noche en un bar cualquiera,

un tipo intenta colarse en una cola de baño, entendemos que de manera involuntaria, pero muy observador se ve que no es. La chica que se situaba delante de mi, le dice: “No, perdona, esto que ves aquí, es la cola”.

El tipo contesta: “Ya, sois todo tías, yo voy al baño de los tíos”. Sí, perras. Existe ese especímen que odio de machoestúpidos que ni siquiera comparten contigo el baño aunque esté tan concurrido que mujeres y hombres entren a los baños que queden libres aleatoriamente -oh, no, vaya un desacato a las leyes de género, llamen a las autoridades patriarcales-. Es como que el macho se ancla en la norma del género a través de la fuerza y la imposición y las mujeres, que también hay las que no quieren entrar a los baños “masculinos”, se anclaran por pudor. Un tío se resiste a que entres a SU baño. Le toca a ÉL. La chica prefiere entrar al que le ha sido asignado, “el baño de los chicos está demasiado sucio”.

Pero no perdamos el hilo, que os va a encantar. Le contesto yo: “este baño es unisex, así que a la cola”. Nos dice que se la suda, que no se va. Le apremio: “corre, que se te cuelan”.

El tipo, border en principio, deviene machirulo, y nos suelta: “Yo mearé donde me salga a mi de mis santos cojones”.

Le suelto: “Y antes que yo no meas porque no me sale a mí de mi santísimo coño, a la cola”.

Atención al momentazo: “¿A que te meo ahí?” -señalando el suelo del baño-. Me río en su cara, es inevitable, se lo ha buscado, y le digo: “¿ME?. ¿Soy tu chacha y voy a tener que limpiarte la meada? Tú mismo, pero antes de mi, y de estas chicas, no pasas, te pones a la cola o meas donde te parezca”.

Con su gran capacidad para el debate, la comprensión y la reculación, el macho alfa amenaza con marcar su territorio: “¿A que te meo en lo alto?”.

Contesto, con un nivel de empoderamiento considerable, dadas las características del machirulo de libro que tenía ante mis ojos: “¿Qué, es tu fantasía sexual? Prueba. Tú méame en lo alto a ver qué es lo que te pasa”.

Se achanta. Va como a marcharse, pero vuelve, y, por favor, mucha atención al proceder machirulo dieciochesco: “Dime dónde está tu colega y nos vemos fuera”. Sí. No llegó a abofetear mi cara con un guante como los lores británicos de los que habla Jane Austen, pero fue un desafío a duelo en toda regla.

Yo pasé de feminista contestona que se está meando a ser la Hydra de Lerna mata-machirulos en cuestión de segundos. Estoy segura de que se me multiplicaron las cabezas y comencé a echar fuego por las fauces.

-“Qué pasa, que me quieres pegar una hostia a mi, pero como soy mujer, no te atreves? ¿Lo que quieres es que mi macho, que ni siquiera está presente, responda por mi y tú puedas así resolver este conflicto de honor?”. Tanta complejidad argumentativa le abrumó, y solo acertó a volver a amenazarme: -“Si fueras un tío te reventaba la cabeza”. Le insté a que lo hiciera, de verdad, al grito de ¡Machote! ¡Valiente!, pero no hubo manera. Se fue con el rabo entre las piernas, y me refiero a su falo, no sin altes escupir un poco, mirar con odio patético y soltar algún que otro insulto, lo típico.

Quizás haya sido mejor así, porque las chicas de la cola, cuando el tipo se fue, hicieron piña y me dijeron: “te llega a tocar y lo matamos entre todas”. No sé cómo tomarme eso. Mientras sucedía el altercado, no abrieron la boca. Pero también agradezco que no interviniesen con esa bienintencionada pero poco crítica actitud paternalista que ya he sufrido alguna que otra vez del tipo “no te pongas a su nivel” o “no te metas en esos líos” o “no le busques la boca”.  Está claro, para mi, cada vez más: defenderse es una opción sexuada. Y al machirulo le chocó que yo lo hiciera. Que me mostrara la fuerte en mi territorio. Mi pis es tan importante como tu pis, así de simple y de grotesco. Su poder se vio cuestionado, su derecho, anulado. Aunque esto es una mera suposición, pues el tipo podía haber sido un machote cualquiera al que le gusta pelearse con todos los gallitos que se le cruzan, creo que el machirulo en principio se sintió amenazado por esa actitud de fuerza de las que estábamos en la cola, que, eso sí, no se movieron de su sitio, miraban fijas hacia él, no temieron, al menos que se viera, en ningún momento. No le permitimos ejercer su voluntad, sobretodo yo.

Era más bien una cuestión de honor, como luego se traduce de su interés por solventar el problema fuera del garito y con un hombre que me acompañase. Yo no soy igual a él, eso lo dejó claro, no me considera ni siquiera equivalente, sino inferior y por eso, no canaliza la violencia hacia mi más que a través de mi acompañante varón. “No se les pega a las nenas” es un código bien aprendido por el manual del buen machirulo, es una frase de crianza que mamá y papá no dejan de repetir. A veces se acompaña de “a las nenas, besitos”. Wow. Toda una declaración de intenciones.

La violencia del varón hacia la mujer está terriblemente condenada por una de las vertientes del pensamiento machista, la de la protección, la del paternalismo, que sólo comparte con la vertiente de la violencia física contra las mujeres el prisma de nuestra supuesta inferioridad. Así pues, un hombre afrentado, por muy machirulo que sea, no suele agredirte a ti, que eres mujer, sino que busca a tu referente varón, a tu tutor, al que guarde tu honor, excepto que se trate de un maltratador sexista, claro, pero ésta no es necesariamente la categoría a la que nos estamos refiriendo aquí.

Hablando de mi machirulo, su honor manchado requería una limpieza pública, pero eso son asuntos que se arreglan entre hombres, y este es el principal mecanismo que nos ha alejado, históricamente, de la violencia, y por ende, de la autodefensa o incluso el ataque a nosotras las mujeres. Yo no tengo potestad para defenderme por mi misma, supone el machirulo. Por eso se ve tan nervioso, insultante e incómodo con mi reacción de emplear su mismo lenguaje descarado y violento. Quien debe defenderme a mi, es mi hombre, pero yo soy una mujer sola -es decir, sin varón que me avale, pues a mi se me ha negado también como mujer mi derecho a la autorrepresentación, y mi figura no vale tanto como la de un igual-, mi hombre no está y yo rehuso buscarle, por lo que el machirulo se ve absolutamente descolocado y frustrado ante la imposibilidadde inflingirme castigo.

La violencia es su privilegio, es su poder. Yo me rebelé, me defendí, contesté, cuestioné su supremacía sobre mi. Lo que para algunxs fue “ponerme a su altura” para mi fue un ejercicio de resistencia política y antipatriarcal. Quienes se escudan en el “no tenías que haberle contestado, le enciendes más”, no son más que defensorxs del discurso de la no violencia, un discurso domesticador que esconde un juego de poder en el que elx dominante siempre lo seguirá siendo mediante su uso de la violencia y la pasividad delx dominadx ante la misma, lo que a su vez nos lleva a la anulación de la capacidad de respuesta. Así mismo, subyace una lectura de género clara en la que una mujer sublevada ante lo establecido, un sujeto mujer no pasivo y erigida con armas violentas ante una agresión cualquiera es lo incorrecto, lo condenable y lo impropio. Es fácil recurso desde las mujeres -y hacia las mujeres mucho más- la defensa de la no violencia porque desde hace cientos de años y con vagas excepciones puntuales que habría que analizar, nuestra intrahistoria ha sido el relato de la sumisión, el silencio y la victimización. Pero es injusto. E inmoral desde el punto de vista feminista, pues perpetuaríamos roles de género que pretendemos criticar por otro lado. Al patriarcado le beneficia el “es mejor no hacer caso” o el poner la otra mejilla. En definitivas cuentas, el argumento de la no violencia sólo beneficia al opresor y deja sin opción alx oprimidx. Y yo no quiero ser una oprimida.

Es impactante, en el plano de la praxis, el uso que hacen algunos machos de la violencia como muestra de su hegemonía, como si de un animal cualquiera que debe imponerse a otro/a para su supervivencia, se tratase, y en verdad es así. El macho vertebra toda su identidad, toda su existencia, mediante sus atributos masculinos tradicionales. Si no muestra sus atributos, nada puede legitimar su pertenencia a la masculinidad. Si no se impone, si no saca las garras, si no lucha mediante la violencia que la masculinidad ha privatizado, muere el macho. El macho no aprecia tanto su vida o su integridad física como la salvaguarda de su orgullo y su honor, y en el empleo de la fuerza bruta está implícita la defensa y la exhibición pública de esos valores como la bravura, el carácter, la fuerza. Son los últimos coletazos del estereotipo del guerrero, el mito del macho dominante que pelea por no morir y que se reproduce en constantes procederes tanto políticos como cotidianos.

Pero con una feminista has topado, querido. La próxima vez, igual te lo piensas dos veces. Porque si me llega a tocar un pelo, respondo. Igual me hace más daño él a mi que yo a él en este caso, ya que era bastante corpulento, pero mi satisfacción y mi empoderamiento al pensar que un machirulo lleva un moratón en la cara que le ha hecho esta “guarra” que escribe -así me llamó, no os sorprendáis por mi sordidez-, eso… eso, hermanas, no tiene precio.

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