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El Feminismo mola que te cagas

21 May

Estaba yo en mi gruta, justo después de comerme a unxs cuantxs púberes abortados en escabeche, y me dio por pensar un poco, así a lo tonto, que el feminismo mola. Mola que te cagas.

Y mola que te cagas porque no sólo, con sus teorizaciones, cuestionamientos y estrategias colectivas ha liberado, libera o intenta liberar a las mujeres -y lo que nos queda, maricón- de yugos patriarcales clásicos y que ya nos quedan un poco lejos -sí, super leeejooo- en este mundo chachi guay, occidental, blancucho y megadesarrollado desde el que algunas, como yo, enunciamos como la obligación del matrimonio convenido, la maternidad impuesta, el analfabetismo, el sujetador, la reclusión doméstica, la prohibición del sufragio, el acceso al mundo laboral remunerado, o a los estudios superiores, sino que el feminismo también ha liberado o libera nuestros esfínteres, más que nada, los de abajo.

"Ya que me he cagao, me viá cagá entera"

Kate Millet pone sobre la mesa en su magna obra, “Sexual Politics” (1970), el tema de la menstruación. Cómo el tabú histórico sobre los ciclos de las mujeres, la mirada y concepciones masculinas sobre la misma, el miedo al rechazo y a la suciedad o impureza, el pudor que todo esto nos genera, la desconexión con nuestro propio cuerpo, negado, expropiado y al servicio de la estructura patriarcal y a la anulación de los saberes ancestrales de las mujeres influyen directamente sobre cómo las mujeres sentimos la regla. Cómo nos duele, cómo enfermamos cuando llega, cómo la sufrimos de una manera, a veces, tan honda. Lo mismo sucede con el proceso de parto y el puerperio. Miedo al dolor, a lo desconocido, a ponerse malas. Lo mismo pasa con otros procesos naturales y fisiológicos que nos son patologizados hasta la saciedad. Lo mismo puede pasar, se me ocurre, con otros procesos fisiológicos, como hacer caca. Sí, hacer caca. Defecar, evacuar, realizar una deposición, plantar un pino, excretar, hacer de vientre, echar un ñordo, visitar al señor Roca, irse de vareta, como tú lo quieras llamar: cagar. Parece que cagar sea malo. Por qué si no, y aunque todo el mundo lo hace, da tanto asco. Por qué si no, el gran sinónimo de tener miedo es “cagarse”.

No es ninguna casualidad que las mujeres suelan, por estadística, tener más problemas con el estreñimiento y el tránsito itestinal que los hombres, teniendo el doble de probabilidades de padecer este “trastorno“. Como es evidente, los estudios que seguro que hacen tíos, achacan estas cifras asimétricas a condicionamientos biologicistas, en concreto, y como siempre, a los cambios hormonales. Porque todo el mundo sabe que las mujeres somos, dentro de la lógica grecolatina de la que somos herederas, parte de la hybris y los hombres, de la sofrosyne, la lógica, la virtud, el orden. O sea sé, que las mujeres, que estamos especialmente conectadas con la naturaleza, impredecible e irascible somos inestables, irracionales, propensas a la debilidad física, que asumía Aristóteles, y, en definitiva, somos las únicas que tenemos ciclos y hormonas, por lo que parece. Sí. eso dicen los estudios. Pero no. Nosotras somos herederas inconscientes del pudor de nuestras ancestras, eso es lo que pasa. Con la actividad sexual, con nuestros ciclos vitales, con el acto de parir y dar la teta, con el hecho de manchar sangre una vez cada 28 días. Y el tránsito intestinal forma parte de lo mismo. Toda la publicidad televisiva que recuerdo a cerca de productos para regular la flora, expulsar gases o hacerte ir al puto váter está destinada a mujeres. Aerored, supositorios Rovi, Fava de Fuca, Micralax en varias versiones -incluida aquella en la que una mujer es secuestrada por dos machirulos que se la llevan a la fuerza a cagar– y hasta Activia, todo está destinado a las mujeres y su estreñimiento. Y por algo será.

Los hombres no sólo controlan y dominan la esfera de lo público para tomar la palabra, moverse con libertad, ocupar el espacio, sino también para, joder, lo voy a decir, peerse. Sí. Las mujeres tenemos dolores de barriga porque no nos peemos, porque estamos demasiado preocupadas aún por la ausencia de reconocimiento, el miedo al ridículo y la sanción social. Y tirarse un cuesco forma parte de eso, es soez, bruto, cómico, desagradable, y ese compendio de adjetivos se sitúa en la esfera masculina de la realidad. Sí, nos duele la jodida barriga porque muchas no echamos las ventosidades cuando nos vienen, porque no cagamos cuando queremos, porque da vergüenza. Y a quién de vosotras, queridas heteras, no os ha pasado alguna vez que cuando estáis con un tío, esas primeras veces que pasáis largas horas juntxs, os da apuro cagar. En su casa o en la vuestra. Tanto apuro que te sientas porque te duele, pero sólo haces un mísero pis y te tiras un triste pedo, por completo insuficiente, del que también tememos se haya podido enterar el susodicho porque la cabrona de la taza del váter es una caja de resonancia y tiene eco, la muy mierda. Y quién no ha querido tirarse un jodido pedo mientras le comían el coño o mientras follaba a cuatro patas. De eso que dices, quilla, se me va, se me va, me peo. Pues eso, coño.

Por eso el feminismo libera nuestros esfínteres. Podéis reíros, pero cada vez somos más las que ocupamos el espacio público y el privado con horrendos pedos con olor a fabada y nos tiramos sonoros eructos con olor a chorizamen. Es así, es verdad que lo he pensado hace un rato, pero no me digáis que no lo véis claro. No necesitamos yogures mágicos, supositorios de glicerina, métodos invasivos o medicalización para que nos deje de doler la barriga, señores médicos, señores nutricionistas y publicistas, lo que las mujeres necesitamos es reapropiarnos de nuestras ventosidades corporales, reapropiarnos del espacio público y privado, reapropiarnos no sólo de lo que entra, sino de lo que sale de nuestros orondos culos, #pedosparatodas, pedos en la calle y pedos en la cama, y con olor a ser posible.

Por eso muchas feminazis, sin saber por qué, amamos a Carmina Barrios y memoramos una y otra vez la escena en la que se caga encima en el coche, a carcajada limpia, ante los alaridos de su escandalizada hija. Todas somos Carmina, sí señora, una diosa, una ídola. Tenemos derecho a peernos y cagarnos enteras. Y la toma de ese derecho, que todavía está en proceso, es una conquista mujeril de las últimas décadas. Y por eso decía al principio que el feminismo mola “que te cagas”.

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